Efervescencia colectiva: la idea de Durkheim y las pruebas
Hace más de cien años un sociólogo propuso que reunirse a la vez, y volver a reunirse a intervalos regulares, crea algo que nadie tiene solo. Es la idea detrás de la hora del mundo de este sitio. Aquí va con sus críticas, con lo que se ha medido después y con la aritmética que la vuelve necesaria.
Todos los días a las 00:00 UTC, Anima Mundis abre una cita: una hora en la que se invita a todo el mundo a sintonizar a la vez. Parece una decisión de producto. Es, en realidad, una idea más vieja, y tiene autor: el sociólogo francés Émile Durkheim, que en 1912 escribió que reunirse a la vez despierta en la gente algo que ninguno tiene solo, y que una sociedad necesita volver a reunirse a intervalos regulares para seguir siéndolo.
La pregunta de Durkheim
Durkheim publicó en 1912 Las formas elementales de la vida religiosa. Quería entender qué es la religión y, para verla sin adornos, estudió la que consideraba la más simple que se conocía entonces: la de los pueblos aborígenes de Australia, de los que usó los datos etnográficos disponibles.2 Sus descripciones de ceremonias vienen de los etnógrafos Spencer y Gillen, a los que cita página a página.1
Conviene decirlo desde el principio. Lo que cuenta lo escribieron observadores europeos de fuera, no quienes vivían esas ceremonias, y el propio Durkheim habla de «los primitivos» con las palabras y los prejuicios de su época. Aquí no se repite ninguna descripción de esos rituales: se cuenta la idea.
Dos fases: dispersión y concentración
En esas descripciones, Durkheim vio que la vida de esos pueblos alterna dos fases. En una, la población se rompe en pequeños grupos que van cada uno por su cuenta, cada familia buscando su sustento. En la otra, «la población se concentra y se reúne en puntos determinados durante un tiempo que va de varios días a varios meses». Y escribe: «estas dos fases se contraponen de la manera más tajante».1
De esa oposición saca lo que más se le recuerda. Hay un mundo donde la vida diaria «se arrastra con fatiga» y otro al que sólo se entra «en relación con poderes extraordinarios que lo excitan hasta el frenesí». El primero es el mundo profano y el segundo el de las cosas sagradas.1
La efervescencia
La palabra que se le quedó es efervescencia: el burbujeo de un líquido que se agita. Durkheim la usa para lo que ocurre cuando la gente se junta. Cree que el simple hecho de concentrarse «actúa como un estimulante excepcionalmente poderoso»: al reunirse se forma «una especie de electricidad», y cada sentimiento que se expresa se refleja en los demás, de modo que el impulso inicial crece a medida que avanza, como una avalancha.1
Y no lo limita a los pueblos lejanos. Su ejemplo más cercano es el de un orador: los sentimientos que provoca vuelven a él ampliados por la multitud, y entonces ya no habla un individuo, habla «un grupo encarnado y personificado». Y más en general: «hay épocas en la historia en que, bajo el influjo de alguna gran conmoción colectiva, las interacciones sociales se vuelven mucho más frecuentes y activas. Los hombres se buscan y se reúnen más que nunca. De ahí resulta esa efervescencia general que caracteriza a las épocas revolucionarias o creadoras».1
No es un elogio sin sombras. Bajo esa exaltación, dice, «vemos al burgués más mediocre e inofensivo convertirse en un héroe o en un carnicero», y cita las Cruzadas y la Revolución Francesa, con escenas «sublimes o salvajes».1 Y añade algo que cualquiera reconoce en un estadio o en un concierto: como un sentimiento colectivo sólo puede expresarse colectivamente si guarda cierto orden que permita los movimientos al unísono, los gritos y gestos «tienden a hacerse rítmicos y regulares: de ahí vienen los cantos y los bailes».1
La cita regular
Lo que hace de la efervescencia una idea sobre calendarios, y no sólo sobre multitudes, es lo que Durkheim escribe al final del libro: «no puede haber sociedad que no sienta la necesidad de sostener y reafirmar a intervalos regulares los sentimientos y las ideas colectivas que hacen su unidad y su personalidad». Y añade que esa renovación moral sólo se consigue con «reuniones, asambleas y encuentros» en los que las personas, muy unidas entre sí, reafirman en común sus sentimientos comunes.1
Para él no hace falta que sea religioso: pregunta qué diferencia esencial hay entre una asamblea de cristianos que celebra las fechas de la vida de Cristo y una reunión de ciudadanos que conmemora un gran acontecimiento de la vida nacional. Su ejemplo es la Revolución Francesa, que instituyó un ciclo entero de fiestas para mantener sus principios «en un estado de perpetua juventud». Si esa institución decayó pronto, dice, fue porque la fe revolucionaria duró un momento y las decepciones llegaron rápido.1
Y se atreve a una predicción. Las viejas divinidades envejecen o han muerto, y otras aún no han nacido, pero «llegará un día en que nuestras sociedades conocerán de nuevo esas horas de efervescencia creadora, durante las cuales surgen ideas nuevas y se encuentran fórmulas nuevas», y después la gente sentirá la necesidad de revivirlas de vez en cuando, «manteniendo viva su memoria con celebraciones que reproduzcan regularmente sus frutos».1
Lo que discuten sus críticos
La teoría de Durkheim tiene detractores serios, que critican, entre otras cosas, su metodología y su interpretación de los datos etnográficos.2 Que basara una teoría general de la religión en datos que otros habían recogido sobre un solo grupo de pueblos es justo lo que sus críticos le reprochan. Y lo que un observador ajeno cuenta de una ceremonia no es la única lectura posible de ella; llamar «primitivos» a esos pueblos, hoy, no se sostiene.
Una precisión que importa en este Diario: cuando Durkheim habla de fuerzas colectivas, no habla de un campo escondido ni de una señal que un aparato pueda captar, como buscaba el Global Consciousness Project. Para él la sociedad es una realidad que nace cuando las personas interactúan, y que no se reduce a ninguna de ellas.2 Es sociología, no física.
Lo que se ha medido después
Casi cien años después, alguien fue a medirlo. Konvalinka y sus colegas registraron el pulso de 38 personas durante los 30 minutos de un ritual de caminar sobre fuego en España. Encontraron que el ritmo cardíaco de quienes caminaban sobre las brasas se sincronizaba con el de los espectadores con los que tenían un vínculo, pero no con el de los espectadores sin relación con ellos, a pesar de que el comportamiento corporal de unos y otros era muy distinto. Por eso los autores sugieren que el mecanismo puede ser informativo y no una simple imitación.3
Y en tres experimentos, Wiltermuth y Heath vieron que las personas que actuaban en sincronía con otras cooperaban más después en ejercicios económicos de grupo, incluso cuando cooperar costaba algo, y que no hacía falta que la sincronía provocara emociones positivas.4
Son estudios concretos, con grupos pequeños, y no prueban lo que dijo Durkheim. Pero llevan a una medida una parte de su intuición: hacer algo a la vez con otros deja huellas que se pueden medir.
La aritmética de una cita
Anima Mundis tiene una razón muy práctica para que le importe todo esto. Una cámara se forma con 3, 5 o 7 personas que estén en la misma frecuencia y en el mismo idioma, un «cubo», y que hayan llegado en los últimos diez minutos. Si no llegan a tres en ese plazo, quien llegó espera y a los diez minutos caduca. No basta con que haya visitas: tiene que haber coincidencia.
El bloque de abajo simula un cubo con el reparto real del motor y llegadas al azar, y te deja mover las visitas del día y los idiomas. Las barras grises son lo que pasaría con las visitas repartidas por todo el día; las violetas, con la hora del mundo, suponiendo que el 25 % de las visitas cae en esa hora, y la ámbar es la hora de la cita.
Aquí hay una pieza interactiva que necesita JavaScript. Simula un cubo de Anima Mundis, una frecuencia y un idioma, con el reparto real del motor en cámaras de 3, 5 o 7 y llegadas al azar, y muestra por hora UTC de cada 100 personas que llegan cuántas entran en una cámara, con las visitas repartidas por el día y con una hora del mundo. Como referencia: con 18 llegadas por hora en un cubo entra en una cámara el 90 % de quienes llegan; con 3 por hora, el 20 %.
Con 450 visitas al día y ocho idiomas, repartidas, al cubo mayor llegan unas tres personas por hora y sólo entra en una cámara una de cada cinco. Si el 25 % de esas visitas coincide en una hora, llegan unas dieciocho en esa hora y entran nueve de cada diez. Para conseguir lo mismo con las visitas repartidas por todo el día harían falta unas 2.700. La ventaja de concentrar se nota con pocas visitas; con miles al día, repartidas o concentradas da casi lo mismo.
Una advertencia: no son mediciones. Anima Mundis no cuenta visitas, por promesa, y las proporciones de la simulación son suposiciones. Lo exacto es la mecánica, y esa sí la comprobé contra el propio motor.
Qué hacemos nosotros con esto
La hora del mundo es exactamente lo que Durkheim describe con otras palabras: una cita que se repite a intervalos regulares, con una fase de dispersión y otra de concentración. Ocurre cada día a las 00:00 UTC, una hora, en el mismo instante para el planeta entero. La página enseña la cuenta atrás y la hora local de quien mira, calculada por su navegador y nunca enviada, y hay un «recordármelo» que genera un archivo de calendario en el propio navegador. No cambia una sola regla del motor: es una cita, no un modo de funcionamiento.
Lo que no hacemos es afirmar que aquí haya efervescencia. Durkheim hablaba de cuerpos juntos, de cantos y de bailes; esto es gente que no se ve ni se conoce, delante de una pantalla, escribiendo. Si a las 00:00 UTC sube el pulso del Observatorio, será porque mucha gente coincidió, y eso sí se puede contar. Lo que pasó dentro de cada quien, ni lo sabemos ni lo medimos.
Fuentes
- Émile Durkheim, Las formas elementales de la vida religiosa (1912), trad. inglesa de Joseph Ward Swain (1915), Project Gutenberg. Leídos los pasajes citados, del libro II, capítulo VII, apartados II y III, y de la Conclusión, apartado II, y el índice; no el libro entero. Traducciones mías del inglés. ↩
- «Durkheim, Emile», Internet Encyclopedia of Philosophy. Fuente secundaria: para los datos etnográficos disponibles, los críticos y la sociedad como realidad que nace de la interacción. ↩
- I. Konvalinka y otros, «Synchronized arousal between performers and related spectators in a fire-walking ritual», Proceedings of the National Academy of Sciences, 2011. Sólo leí el resumen. ↩
- S. S. Wiltermuth y C. Heath, «Synchrony and cooperation», Psychological Science, 2009. Sólo leí el resumen. ↩