El «Libro de los muertos» egipcio es un nombre de 1842
El «Libro egipcio de los muertos» no es un libro ni se llamaba así: es una colección de conjuros a la que un egiptólogo alemán le puso ese nombre en 1842. Aquí va lo que dice el papiro del escriba Ani hacia 1250 a. C. — la sala que exige saberse los nombres de una puerta, las cuarenta y dos negaciones, el corazón al que hay que suplicarle que no delate a su dueño — leído en la traducción de 1895, y cómo llegó ese papiro a Londres.
Una nota antes de seguir. Este artículo trata de un texto funerario sobre el juicio del alma tras la muerte, no de cómo vivir un duelo, y no sustituye a nadie que acompañe. Si estás pasando por la muerte de alguien, o por pensamientos de hacerte daño, habla con una persona de confianza o con un profesional; findahelpline.com te lleva a una línea de ayuda en tu país.
El artículo anterior leyó un texto que se lee en voz alta a quien acaba de morir, en el Tíbet del siglo XIV. Este retrocede más de dos mil años y cambia la pregunta: no qué se le dice al muerto, sino qué tiene que decir el muerto para que lo dejen pasar. Es el texto que en Occidente se llama el Libro egipcio de los muertos, y que ya apareció de refilón en el artículo anterior: es el título del que Evans-Wentz calcó el suyo en 1927. Leí, en inglés, la traducción de 1895 de E. A. Wallis Budge del papiro que perteneció al escriba Ani, hacia 1250 a. C. No leí los jeroglíficos, y lo que no leí lo digo al final.
Un título de 1842
Budge, en su introducción, cita el nombre que los propios egipcios le daban: peret em heru, que traduce de varias maneras — «manifestado en la luz», «saliendo del día», «saliendo por el día» — y añade que en francés se vertía «la manifestation au jour» y en alemán «Erscheinen am Tage». Dice también que ese nombre tenía, para los egipcios, un sentido que ninguna lengua moderna ha logrado todavía poner del todo, y que hay otro título, menos usado, que llama al conjunto «el capítulo de fortalecer al Khu».3 En ningún sitio de lo que leí aparece la palabra «muerto» en el título egipcio.
«Libro de los muertos» lo puso Karl Richard Lepsius, egiptólogo alemán, en 1842, cuando publicó la primera edición impresa de uno de estos papiros — el que está en Turín — con el título Das Todtenbuch der Ägypter: «el libro de los muertos de los egipcios». Fue también Lepsius quien numeró los capítulos por primera vez, y esa numeración es la que sigue usando todo el mundo, Budge incluido medio siglo después, y la que uso yo en este artículo cuando escribo «capítulo 125».1 Es exactamente el patrón del artículo anterior: el título por el que conocemos un texto sobre la muerte casi nunca es el que le puso quien lo escribió. Aquí el patrón es más viejo — Lepsius bautizó esto ochenta y cinco años antes de que Evans-Wentz hiciera lo mismo con el texto tibetano, y, según cuenta la Wikipedia, calcando precisamente este nombre.1
Entrar en la Sala de las Dos Verdades
Antes de que Ani pueda decir una sola palabra sobre lo que hizo en vida, tiene que pasar una puerta. Y la puerta le pregunta su nombre a él primero: «¿Conoces el nombre de esta puerta, para declarármelo?». Ani responde: «“Arrojado por Shu” es el nombre de esta puerta». La puerta vuelve a preguntar por sus dos hojas, y él las nombra. Después le habla el umbral, el cerrojo, la cerradura, los postes, el suelo — cada parte del edificio exige su propio nombre secreto antes de dejarlo seguir, y hasta sus propios pies tienen que ser nombrados para poder pisar: «“Ante Amsu” es el nombre de mi pie derecho, “Duelo de Neftis” es el nombre de mi pie izquierdo». Recién entonces le habla el guardián de la sala, que le pregunta quién es el dios que vive en su hora, y sólo cuando responde bien lo deja llegar ante Thot.3
No es lo que suele imaginarse cuando se piensa en «el juicio egipcio de los muertos». No hay todavía ninguna pregunta sobre el bien y el mal: hay una contraseña larguísima, repartida entre los cerrojos de un edificio, y quien no se la sabe de memoria no llega ni a la sala. La condición para ser juzgado por lo que se hizo es, primero, haber memorizado en vida la arquitectura entera del más allá.
Los cuarenta y dos que no acuso
Ya dentro, Ani se dirige uno por uno a cuarenta y dos seres, cada uno con un nombre extraño y un lugar del que «sale», y a cada uno le niega una sola falta. No es una confesión: es justo lo contrario, una lista de lo que nunca hizo. Traduzco unos pocos, tal como los da Budge:
«Salve, tú de largas zancadas, que sales de Anu: no he cometido iniquidad.» «Salve, Devorador de la sombra, que sales de Qernet: no he matado; no he hecho daño.» «Salve, Devorador de sangre, que sales del tajo de la matanza: no he obrado con engaño.» «Salve, tú cuyos ojos son de fuego, que sales de Sau: no he saqueado al dios.» «Salve, tú que traes tu ofrenda: no he actuado con insolencia.» «Salve, tú que portas el sistro, que sales de Nu: no he hablado con desdén.» «Salve, tú que haces florecer a la humanidad, que sales de Sau: nunca he maldecido a Dios.»3
Cada uno de los cuarenta y dos aparece una sola vez, con un nombre que casi nunca tiene que ver con la falta que se le niega: al «Devorador de entrañas» se le dice «no he asolado la tierra sembrada»; al «Rompehuesos» se le dice «no he arrebatado comida». Budge incluye además, como apéndice, la versión de esta misma lista en el papiro de Nebseni, con otro orden y otras palabras — prueba de que ni siquiera dentro de Egipto había una sola forma fija de decirlo.3 Y hay algo que se repite en todas las páginas que consulté sobre este texto, pero que no encontré dicho por Budge ni por el propio papiro: que el número cuarenta y dos corresponde a los nomos, las provincias de Egipto. Puede ser cierto — es la explicación que se da en casi todos lados —, pero no lo leí en la fuente que leí, así que lo dejo escrito como lo que es: algo que no comprobé.
Aquí hay una pieza interactiva que necesita JavaScript. Recorre catorce de las cuarenta y dos negaciones que Ani dirige a los asesores de la Sala de las Dos Verdades, y termina con el veredicto de Thot. Cada paso muestra a quién se dirige y de dónde «sale» según el papiro, la falta que niega, la cita literal en inglés de la edición de Budge de 1895 y una nota. Por ejemplo, al «Devorador de la sombra», que sale de Qernet, le dice: «no he matado; no he hecho daño».
El corazón, que puede delatarme
Lo que de verdad me detuvo no fue la lista de negaciones, sino lo que Ani le dice a su propio corazón antes de la balanza. No le habla a un dios ni a un juez: le habla a un órgano, y le habla como a una madre.
«Corazón mío, madre mía; corazón mío, madre mía; corazón mío con el que llegué a ser. Que no se levante nada contra mí en el juicio; que no haya oposición contra mí de parte de los jueces; que no te separes de mí ante el que guarda la balanza. Tú eres mi ka dentro de mi cuerpo, que anuda y fortalece mis miembros. Que ninguna mentira se diga contra mí en presencia del dios. Bueno es para ti oírlo.»3
El corazón, para los egipcios, no era un símbolo del sentimiento: era el registro de todo lo hecho, y en el juicio podía —se temía que podía— testificar contra su propio dueño. Por eso el conjuro no es una plegaria a un dios externo pidiendo clemencia: es una negociación privada, dicha antes de entrar a la sala, con la única prueba que de verdad importa y que uno lleva puesta desde que nace. Y después de la balanza, es Thot quien lee el veredicto en voz alta: «Oíd este juicio. El corazón de Osiris ha sido pesado en verdad, y su alma ha sido testigo a su favor; se lo ha hallado veraz en la Gran Balanza. No se ha encontrado maldad en él». Y los demás dioses responden: «Lo que sale de tu boca ha sido decretado».3
Es el mismo gesto, en otra lengua y dos mil años antes, que el Bardo Thödol le pide al difunto sobre sus propias visiones: reconocer que lo que puede acusarte, o salvarte, no viene de fuera.
La devoradora, y lo que no vi fallar
Junto a la balanza espera Amemit — «la Devoradora», dice Budge, «parte cocodrilo, parte león, parte hipopótamo». Un papiro del Museo Británico que él mismo cita la describe así: «la parte delantera de un cocodrilo; sus cuartos traseros son los de un hipopótamo; su parte media es la de un león». Budge escribe que «es evidente que los corazones que no lograban equilibrar la pluma de Maat eran devorados por ella».3
Lo digo con cuidado, porque es lo que no encontré, no lo que encontré: en las páginas del papiro de Ani que leí, el veredicto siempre es favorable. El corazón se pesa, Thot lo declara veraz, los dioses lo ratifican — y ahí termina, cada vez. No vi, en lo que leí, una sola escena en la que Amemit llegue a comerse un corazón. Puede estar en otro papiro, o puede ser —no lo sé, y no lo afirmo— que nadie encargara nunca un ejemplar de este libro para narrar su propio fracaso, ya que el libro entero lo pagaba y lo llevaba a la tumba el propio interesado.
Cómo llegó este papiro a Londres
Según la Wikipedia, Ani fue un escriba real de Tebas, de la Dinastía XIX, hacia 1250 a. C., y su papiro se encontró en su tumba en 1888, en manos de comerciantes egipcios de antigüedades sin licencia. Cuando la policía egipcia selló las casas de esos comerciantes, Budge —que trabajaba para el Museo Británico— distrajo a los guardias con una comida mientras gente del lugar abría un túnel bajo el muro de la casa para sacar los objetos, entre ellos este papiro, que se llevó de contrabando hasta el bibliotecario principal del museo. Después, el Tesoro británico le pagó a Budge una «gratificación» de 150 libras en nombre del museo.2 Lo cuento porque el propio libro que traduzco es también, de puño y letra de la Wikipedia, una historia de contrabando: el mismo museo que hoy conserva la copia más completa que existe de este texto la tiene ahí por un método que hoy nadie defendería en público, y que forma parte de un debate —sobre qué debe devolverse y a dónde— que sigue abierto y que este artículo no resuelve.
Qué hacemos nosotros con esto
Ani tuvo que aprenderse de memoria los nombres de una puerta entera, negar cuarenta y dos faltas ante cuarenta y dos desconocidos, y suplicarle a su propio corazón que no lo delatara — todo eso, solo, para que un veredicto quedara escrito y viajara con él. Anima Mundis no juzga nada de lo que alguien escribe, y tampoco se queda con una copia para después: no hay corazón que pesar, ni balanza, ni cuarenta y dos jueces con nombre. Sólo 3, 5 o 7 desconocidos que coinciden diez minutos, y nadie —ni siquiera este sitio— recuerda después qué se dijo. Lo único que el Observatorio cuenta es cuántas voces llegaron y a qué hora UTC.
Lo que no pude leer
Leí, en inglés, la traducción de Budge de 1895: su introducción sobre el título egipcio, el capítulo 125 completo (la confesión negativa y su apéndice del papiro de Nebseni), los capítulos sobre el corazón (XXVII, XXIX, XXX y XXXb) y sus notas sobre Amemit. No leí los jeroglíficos ni el papiro original, así que no puedo saber cuánto se aparta la traducción de Budge —de hace más de un siglo— del egipcio. No leí traducciones posteriores (Faulkner, 1972; Allen, 1974) ni comparé versiones de otros papiros más allá del fragmento de Nebseni que el propio Budge cita. No verifiqué la relación entre los cuarenta y dos jueces y los nomos de Egipto: la dejo dicha como algo que circula, no como algo que comprobé. Y no busqué, en papiros distintos al de Ani, si existe alguna escena donde el corazón sí sea devorado; sólo puedo decir que en lo que leí, no la hubo. Que el libro de 1895 sea de dominio público es por su fecha de publicación en Estados Unidos.
Fuentes
- «Book of the Dead», Wikipedia, consultada el 22 de septiembre de 2026. Fuente secundaria: que Karl Richard Lepsius acuñó el nombre alemán Todtenbuch en 1842 al publicar el papiro de Turín, y que su numeración de los capítulos sigue en uso. Traducción mía. ↩
- «Papyrus of Ani», Wikipedia, consultada el 22 de septiembre de 2026. Fuente secundaria: la identidad y fecha de Ani (escriba de Tebas, Dinastía XIX, h. 1250 a. C.) y cómo E. A. Wallis Budge obtuvo el papiro en 1888. Traducción mía. ↩
- E. A. Wallis Budge (trad. y ed.), The Book of the Dead: The Papyrus of Ani in the British Museum (Londres, 1895), archive.org (dominio público en EE. UU. por su fecha de publicación). Fuente primaria en versión inglesa. Leído: la introducción sobre el título egipcio, el capítulo 125 (confesión negativa) con el apéndice del papiro de Nebseni, la introducción a ese capítulo (la sala y sus puertas), los capítulos XXVII, XXIX, XXX y XXXb (el corazón) y las notas sobre Amemit. Las citas inglesas de este artículo están copiadas literalmente del libro; las traducciones al castellano son mías, sobre ese inglés. ↩