Mictlan, el «infierno» nahua al que no se iba por pecar
En los dos artículos anteriores, lo que decidía el destino de un muerto era lo que había aprendido o lo que había hecho. En el México antiguo, según lo que recogió fray Bernardino de Sahagún, lo decidía otra cosa: la manera de morir. Aquí van los tres lugares adonde se iba, el camino de cuatro años hasta Mictlan, y la persona hecha de tres partes que se separaban al morir — leídos en el castellano de Sahagún y en un antropólogo de la UNAM.
Una nota antes de seguir. Este artículo trata de lo que los antiguos nahuas creían sobre la muerte, no de cómo vivir un duelo, y no sustituye a nadie que acompañe. Si estás pasando por la muerte de alguien, o por pensamientos de hacerte daño, habla con una persona de confianza o con un profesional; findahelpline.com te lleva a una línea de ayuda en tu país.
En el Bardo tibetano, al muerto se le lee en voz alta para que reconozca lo que ve. En el papiro egipcio de Ani, el muerto tiene que saberse los nombres de una puerta y negar cuarenta y dos faltas antes de que pesen su corazón. En los dos casos, lo que el muerto aprendió o hizo en vida cuenta. Este artículo cruza el océano y encuentra una respuesta distinta: entre los nahuas del centro de México, lo que decidía adónde iba un muerto no era cómo había vivido, sino cómo había muerto.
Leí dos cosas. La primera, el castellano de fray Bernardino de Sahagún, en la edición impresa en México en 1829. La segunda, un artículo de 2006 del antropólogo Roberto Martínez González, de la UNAM, que resume y discute la manera en que la antropología mexicana entiende hoy el alma nahua. No leí el náhuatl, y lo que no leí lo digo al final.
Un fraile, sus informantes y dos columnas
Sahagún fue un franciscano nacido en España en 1499 que llegó a la Nueva España en 1529, aprendió náhuatl y pasó más de cincuenta años estudiando la cultura de los nahuas.4 Su obra, la Historia general de las cosas de Nueva España, se hizo con ancianos nahuas y con autores que habían sido alumnos suyos en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco; trabajó en ella desde 1545 hasta su muerte, en 1590. El manuscrito mejor conservado, que está en Florencia y por eso se llama Códice Florentino, va a dos columnas: el náhuatl, escrito primero, a la derecha, y a la izquierda una glosa o traducción en castellano.4
Eso importa para todo lo que sigue. Lo que yo leí es la columna castellana, que no siempre es una traducción exacta de la náhuatl, sino lo que el fraile eligió contar en su lengua. Y lo contó con sus palabras: el lugar de los muertos es para él «el infierno», su señor es «un diablo», el lugar de la lluvia es «el Paraíso terrenal». Es el mismo patrón de los dos artículos anteriores — el nombre por el que conocemos un texto sobre la muerte casi nunca es el de quien lo creía —, pero aquí no está en el título: está metido en cada frase.
Tres lugares, y ninguno se gana
El apéndice del libro tercero empieza así: «las animas de los difuntos iban á una de las tres partes». La primera es Mictlan, donde vivían Mictlantecutli y su mujer, Mictecacioatl. Y quién iba allí lo dice en seguida: «son los que morían de enfermedad ahora fuesen señores, ó principales, ó gente baja».1
Es la frase que más me detuvo de todo lo que leí. No dice «los malos», ni «los que no cumplieron». Dice los que murieron enfermos, fuera cual fuera su rango. Y el discurso que los ancianos le decían al muerto, que Sahagún copia entero, insiste: «todos nosotros iremos allá y aquel lugar es para todos, y es muy ancho».1
El segundo lugar es Tlalocan, el de Tláloc, el dios de la lluvia, del que Sahagún dice que «jamás faltan allí las mazorcas de maíz verdes, calabazas, ramitos de bledos, axi verde, tomates, frísoles verdes en vaina y flores». Iban «los que matan los rayos, ó se ahogan en el agua», y los que morían de ciertas enfermedades — Sahagún nombra a leprosos, bubosos, sarnosos, gotosos e hidrópicos. A esos no los quemaban, como a los demás: los enterraban, con semillas de bledos en las mejillas y la frente pintada de azul.1
El tercero es «el cielo donde vive el sol». Iban los que morían en la guerra y los cautivos muertos a manos de sus enemigos. Cada mañana, cuando salía el sol, «alzaban voces y daban grita golpeando las rodelas», y a los cuatro años se convertían en pájaros de pluma rica que andaban «chupando todas las flores, así en el cielo como en este mundo, como los tzinzones lo hacen» — los colibríes.1
En lo que leí de Sahagún, ninguno de los tres lugares se gana ni se pierde por cómo se vivió. Eso no quiere decir que la vida no contara: según Martínez González, la conducta de una persona dejaba marcas en una de sus partes, marcas que tenían que limpiarse después de la muerte, en el inframundo.3 Pero lo que separaba un destino de otro, en el texto que leí, era la muerte.
La casa del sol, también para las mujeres
El libro sexto añade a quienes faltaban: las mujeres que morían en su primer parto. Sahagún las cuenta «con los que mueren en la guerra»: iban a la casa del sol, pero no a su parte oriental, como los guerreros, sino a la occidental, que por eso se llamaba cioatlampa, «donde se pone el sol, porque allí es la habitación de las mugeres». Los guerreros acompañaban al sol desde que salía hasta el mediodía; desde ahí lo llevaban ellas, en andas de plumas de quetzal, hasta el ocaso.2
A la mujer muerta de parto la partera le hablaba como a una guerrera: «habéis peleado denodadamente: habéis usado de la rodela y de la espada como terrible y esforzada». Y la despedía hacia la casa del sol: «Despertad pues, y levantaos hija mia, que ya es de dia».2 El fraile cuenta también que los jóvenes soldados intentaban robar el cuerpo para cortarle el dedo medio de la mano izquierda y el cabello, y llevarlos en la rodela a la guerra; por eso el marido y sus amigos lo velaban cuatro noches seguidas.2 Y en medio del pasaje se le escapa su lectura: cuando estas mujeres se aparecían a sus maridos, escribe, «esto hacia el demonio para engañar».2
El camino de cuatro años
A Mictlan no se llegaba de golpe. Antes de enterrar o quemar al muerto, los ancianos le daban, uno a uno, unos papeles cortados, y con cada uno le decían qué tendría que pasar: dos sierras que chocan entre sí, un camino guardado por una culebra, una lagartija verde, ocho páramos, ocho collados y un viento hecho de navajas. Por ese viento quemaban la ropa y las cosas del muerto, para que lo abrigaran.1
Al final había un río, y para cruzarlo hacía falta un perro. Lo mataban junto al muerto, y tenía que ser de pelo bermejo: el negro y el blanco se negaban, porque, según la historia que recoge el fraile, uno decía «yo me labe» y el otro «yo me he manchado de color prieto». Después de entregar las ofrendas a Mictlantecutli, y «después de pasados cuatro años», el muerto llegaba al último lugar, Chicunamictla, donde, dice Sahagún, «se acababan y fenecían los difuntos».1
Aquí hay una pieza interactiva que necesita JavaScript. Recorre, en el orden en que los da Sahagún, los once pasos del muerto que va a Mictlan: la despedida, el agua, las dos sierras, la culebra, la lagartija verde, los ocho páramos, los ocho collados, el viento de navajas, el río y el perro bermejo, la llegada ante Mictlantecutli y los cuatro años. Cada paso trae la cita literal de la edición de 1829 y una nota. Por ejemplo, el primer papel: «Veis aquí con que habéis de pasar en medio de dos sierras, que están encontrándose una con otra».
Una persona hecha de tres
Hasta aquí, «el alma» en singular. Pero la antropología mexicana lee en las fuentes nahuas otra cosa: una persona hecha de tres partes, que en la muerte se separaban. Es una reconstrucción moderna — sobre todo de Alfredo López Austin, en Cuerpo humano e ideología — y la leí a través del artículo de su alumno Martínez González, que la resume así:3
- El teyolía (de yoli, «vivir»), en el corazón: la parte principal, ligada a la vitalidad, la emoción, la memoria. Es la que emprendía el viaje al más allá; allí se limpiaban las marcas de la vida, y quedaba «una especie de semilla renovada y libre de toda historia personal, lista para ser instalada otra vez en el útero de una mujer y vivir de nuevo».
- El tonalli (de tona, «irradiar»), concentrado en la coronilla: un calor que venía, en última instancia, del sol. Dependía del día de nacimiento, que daba nombre y destino; salía del cuerpo en los sueños, y podía perderse por una caída o un susto, con riesgo de enfermar y morir. Al morir, según los datos que Martínez González reúne, se quedaba en el cuerpo y volvía a la tierra, o se guardaba con los restos como reliquia familiar.
- El ihíyotl, «aliento»: lo que según López Austin insuflaban los dioses y renovaba la respiración. Es el menos conocido de los tres, y el artículo existe para revisarlo.
Martínez González discute un punto concreto de su maestro: López Austin situaba el ihíyotl en el hígado, y él encuentra que, en las creencias de los pueblos mesoamericanos de hoy, las almas-aliento casi nunca están localizadas allí. Lo acerca, en cambio, a la «sombra» de la que hablan esos pueblos. Y su propuesta sobre la muerte es esta: el ihíyotl se desprendía del cuerpo, rondaba un tiempo la tumba o los lugares del difunto — más tiempo, según el tipo de muerte —, y poco a poco «se desgastaba hasta diluirse en el ambiente y convertirse en simple aire».3
Así que al morir no se iba «el alma» a un sitio. Se separaban tres cosas: una se quedaba en la tierra, otra se disolvía en el aire, y la tercera caminaba cuatro años hasta Mictlan, o subía a la casa del sol, o entraba en el verano sin fin de Tlalocan, según cómo hubiera llegado la muerte.
Qué hacemos nosotros con esto
Los tres textos de este tramo dan tres respuestas a la misma pregunta. En el Tíbet, el muerto tiene que reconocer lo que ve. En Egipto, tiene que demostrar lo que no hizo. En el México que recogió Sahagún, el destino no se decide en un juicio: lo decide la muerte misma, y lo que se lleva el muerto son papeles para cada paso, la ropa para el viento y un perro que lo conozca.
Anima Mundis tampoco juzga a nadie, y tampoco guarda nada: las salas de 3, 5 o 7 personas se disuelven a los diez minutos, sin dejar rastro de quién dijo qué. Lo único que se cuenta, en el Observatorio, es cuántas voces llegaron y a qué hora UTC.
Lo que no pude leer
Leí, en castellano, la edición de Sahagún de 1829, que promovió Carlos María de Bustamante: del tomo I, los tres capítulos del apéndice del libro tercero (los que iban al infierno, al Paraíso terrenal y al cielo), y del tomo II el capítulo XXIX del libro sexto (las mujeres que morían de parto). Copio sus palabras con la ortografía de 1829; sólo corregí erratas evidentes del escaneo. No leí la columna náhuatl del Códice Florentino, que es la versión primera, ni la traducción inglesa de Anderson y Dibble, que tiene derechos de autor. No leí el libro de López Austin: lo conozco a través del resumen de Martínez González, que fue su alumno. Muchos textos sobre el tema hablan de un cuarto lugar, Chichihualcuauhco, donde irían los niños de pecho junto a un árbol que los amamanta; no lo encontré en las partes que leí del castellano de Sahagún, así que no lo cuento como algo comprobado. Y no comparé todo esto con lo que creen hoy los pueblos nahuas, que es otra historia, con sus propias voces.
Fuentes
- Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, tomo I (México: Imprenta de Alejandro Valdés, 1829), edición promovida por Carlos María de Bustamante, archive.org (ejemplar de la John Carter Brown Library). Fuente primaria, en el castellano de Sahagún. Leído: el apéndice del libro tercero, capítulos I («De los que iban al Infierno y de sus obsequias»), II («De los que iban al Paraíso Terrenal») y III («De los que iban al Cielo»), pp. 260-265. ↩
- Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, tomo II (México: Imprenta de Alejandro Valdés, 1829), archive.org. Fuente primaria, en el castellano de Sahagún. Leído: libro sexto, capítulo XXIX («De como á las mugeres que morían de parto las canonizaban por diosas»), pp. 186-190. ↩
- Roberto Martínez González, «El ihiyotl, la sombra y las almas-aliento en Mesoamérica», Cuicuilco 13, núm. 38 (México: Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2006), pp. 177-199, Redalyc (acceso abierto). Fuente secundaria, de la antropología mexicana: el resumen del modelo de López Austin (teyolía, tonalli, ihíyotl), su discusión sobre el ihíyotl y el destino de cada parte de la persona tras la muerte. Leído completo. ↩
- «Bernardino de Sahagún» y «Florentine Codex», Wikipedia, consultadas el 4 de octubre de 2026. Fuente secundaria: las fechas de Sahagún, el trabajo con ancianos nahuas y antiguos alumnos de Tlatelolco entre 1545 y 1590, y la disposición del manuscrito a dos columnas. Traducción mía. ↩