Orí: la cabeza que los yorubas eligen antes de nacer

Los tres artículos anteriores siguen al alma después de la muerte. Este va al revés: a lo que pasa antes de nacer. Para los yorubas de Nigeria, cada persona elige su orí —su «cabeza interior», su destino— arrodillada en la casa de un alfarero que no siempre cuece bien sus cabezas; un portero sella la elección, y al cruzar se olvida. Ifá, el sistema de adivinación yoruba, es la manera de recordar qué se eligió. Leído en Samuel Johnson, pastor en Oyo, que escribió su historia de los yorubas en 1897, y en dos estudios recientes.

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Los tres artículos anteriores de este tramo siguen al alma después de la muerte: el Bardo tibetano le habla al muerto, el papiro egipcio pesa su corazón, y en Mictlan lo que decide su destino es la forma de morir. Este artículo mira hacia el otro lado, a lo que pasa antes de nacer. Y vuelve al final al mismo punto, porque para los yorubas de África occidental la muerte y el nacimiento son la misma puerta vista desde los dos lados.

Leí tres cosas. La primera, The History of the Yorubas, de Samuel Johnson, pastor de la Iglesia anglicana en Oyo, que firmó su prefacio en «Oyo, 1897» y explica que lo escribió «por un motivo puramente patriótico, para que la historia de nuestra patria no se pierda en el olvido».1 La segunda, un artículo de 2019 de Babajide Dasaolu y Kehinde Obasola, profesores de filosofía y de estudios religiosos de la Universidad Olabisi Onabanjo, en Nigeria.2 La tercera, una tesis de maestría en filosofía de 2020 de Esther Adekanye, que reúne lo que han escrito sobre el tema varios autores yorubas, entre ellos Wande Abimbola, el gran estudioso de Ifá.3 No leí los versos de Ifá en yoruba, en una edición propia, y lo que no leí lo digo al final.

El libro de Johnson tiene su propia historia, y encaja con la de este tramo. Según el prefacio de su hermano, el doctor O. Johnson, que lo editó, el manuscrito —«más de veinte años de trabajo»— se envió en 1899 a un conocido editor inglés a través de una de las grandes sociedades misioneras, y no se supo más de él: el editor dijo que se había extraviado y ofreció pagarlo. Johnson murió en 1901 sin verlo impreso, y su hermano tuvo que reescribir la obra entera a partir de las notas y borradores que había dejado. Se publicó en 1921.1 En los dos primeros artículos del tramo, el título de un texto sobre la muerte lo puso un occidental; aquí, un editor inglés perdió el texto, y fue un yoruba quien lo rehízo.

Una persona hecha en tres tiempos

Según lo que reúne Adekanye, una persona no se hace de una vez. Primero Orisanla, el orisha de la creación, modela el cuerpo —ara— con tierra, por encargo de Olódùmarè, el Dios supremo; y los modela de formas distintas, con su belleza y sus defectos. Según la versión que un sacerdote de Ifá le dio al filósofo Akin Makinde, Orisanla no hace las manos ni las piernas: es Ogun, el dios de la guerra y de la caza, quien corta los dedos y saca las piernas de un tronco sin forma.3

Después, Olódùmarè le sopla al cuerpo el emi, el aliento: la parte que no muere. Adekanye lo dice así: por eso se habla de cuerpos muertos, pero nunca de almas muertas; al morir, el emi deja su morada y vuelve a Olódùmarè.3

Y falta lo tercero, que es lo que hace yoruba esta historia: la cabeza.

La casa de Àjàlá

Orí quiere decir «cabeza», la de carne y hueso. Pero hay otra, el orí inú, la «cabeza interior», que es la que lleva el destino. Para que nadie la confunda con un símbolo, Johnson la cuenta entre los dioses: «el Orí (la cabeza) es la deidad doméstica universal, adorada por ambos sexos como el dios del destino», y explica que en cada casa se la representaba con cuarenta y una conchas de cauri ensartadas en forma de corona, guardadas en un cofre que se destruía cuando moría su dueño.1

La cabeza interior no la hace Olódùmarè. La hace Àjàlá, el alfarero de cabezas. Y Àjàlá, en palabras de Abimbola que Adekanye cita, «es un deudor incorregible, un borracho y una criatura irresponsable». Termina sus cabezas y las guarda en un almacén, pero no todas están bien hechas: unas se le pasan de cocción, otras le salen mal formadas. Cada persona va a su casa a buscar la suya, y la elige libremente; pero como la mayoría salen mal, cualquiera puede llevarse una mala.3

Ahí está toda la idea. Quien elige una cabeza buena es olori rere, «el de buena cabeza»; quien elige una mala, olori buruku. Y como se elige de rodillas, el destino tiene nombres que lo dicen: àkúnlẹ̀yàn, «lo que se elige arrodillado», y àkúnlẹ̀gbà, «lo que se recibe arrodillado».3 Dasaolu y Obasola recogen un refrán sobre el primero: «el destino que uno elige arrodillado es el que encuentra al llegar al mundo; pero al llegar al mundo, uno se impacienta».2

El portero, y el árbol del olvido

Con la cabeza elegida falta cruzar. En la puerta espera el Onibode, el portero. Según lo que Adekanye toma del teólogo E. Bolaji Idowu y del filósofo Segun Gbadegesin, le pregunta a quien va a nacer quiénes serán sus padres, dónde viven, a qué se dedican, si se casará o no, si será rico o pobre, si vivirá mucho o morirá joven. A todo, el portero responde àṣẹ gùn: «está sellado». Después le manda tocar el igi igbagbe, el árbol del olvido, y se le abre la puerta de la tierra a alguien que ya no recuerda nada de lo que le espera.3

Así que todo el mundo nace con un destino que eligió y que no recuerda. Es una idea extraordinaria, y Dasaolu y Obasola le dan su vuelta filosófica: si el destino se eligió, cada uno es responsable de él; y si se eligió mal, en la vida todavía se puede hacer algo. Por eso, escriben, los yorubas son deterministas, pero no fatalistas.2

Para qué sirve Ifá

Ese «hacer algo» tiene nombre. Dasaolu y Obasola escriben que los yorubas consultan a Orunmila, el dios de la adivinación, «para saber qué clase de orí se eligió, y quizá cambiar un destino desfavorable» con la ayuda de ciertas fuerzas espirituales y de la ofrenda adecuada, el ẹbọ.2 Ifá es, entonces, la manera de leer lo que se olvidó al tocar el árbol.

Johnson cuenta cómo se consultaba en su tiempo: se agitaban dieciséis nueces de palma en el hueco de las dos manos y se trazaban marcas con el índice en una bandeja espolvoreada con harina de ñame o polvo de madera roja. Cada marca le recordaba al sacerdote las hazañas de algún héroe, que recitaba en orden «hasta dar con ciertas palabras o frases que parecen tocar el asunto» de quien consulta.1 Ser sacerdote de Ifá exigía, dice, «un largo curso de estudio serio».1 Se lo llama babaláwo, «padre de los misterios».3 Los signos son dieciséis principales, que combinados dan 256, los odù; y la UNESCO lo inscribió en 2008 en su lista del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.4

Johnson recoge una tradición sobre su origen: que lo trajo a Ile-Ife un hombre llamado Setilu, venido del país nupe, y que fue el rey Ofiran quien lo reconoció oficialmente. Hay otras tradiciones —la más extendida dice que lo dio a los hombres el propio Orunmila—, y no las comparé.14

Un verso de Ifá, por cierto, no suena como una profecía. Adekanye cita uno —tomado de otro autor, que a su vez lo tomó de un tercero— que tiene la forma de casi todos: primero los nombres de los adivinos, después «Ifá adivinó para Orunmila», que iba a comprar el emi; le dijeron que hiciera una ofrenda, la hizo, los orishas la aceptaron, y él entendió: «si el emi no falla, hay esperanza de todo lo bueno en la vida».3 Es una historia con su remedio: lo que le pasó a otro, y lo que hizo.

Aquí hay una pieza interactiva que necesita JavaScript. Recorre, en diez pasos, el camino de una persona según el pensamiento yoruba: Orisanla modela el cuerpo, Ogun corta los dedos, Olódùmarè sopla el emi, la elección de la cabeza en la casa de Àjàlá, el destino elegido de rodillas, el portero que sella, el árbol del olvido, Ifá para recordar, la pierna que hace falta para cumplirlo y la vuelta. Cada paso trae la cita literal en inglés de la fuente que lo cuenta, mi traducción y una nota. Por ejemplo, el portero: «To all of these, the Onibode will say ase gun (meaning, it is sealed)».

La cabeza no camina sola

Hay un detalle que Adekanye toma de Abimbola y que impide leer todo esto como fatalismo. Elegir una buena cabeza es sólo una posibilidad: para cumplirla hace falta el ẹsẹ, la pierna, que los yorubas consideran también parte de la persona, «en sentido físico y espiritual», y a la que le toca parte de cada ofrenda que se hace a la cabeza. La historia que lo explica es casi una fábula: una vez todas las cabezas se reunieron para decidir algo que querían lograr y no invitaron a la pierna; cuando terminaron de deliberar, descubrieron que no había nadie que las llevara.3

Y la vuelta

Ahora sí, el final del tramo. Johnson escribe que los yorubas creían en una cuenta después de la muerte, y da el refrán: «Lo que hagamos en la tierra, de eso daremos cuenta a las puertas del cielo».1 Y creían también que los muertos vuelven: «pasado un tiempo, los padres difuntos nacen otra vez en la familia de sus hijos vivos. De esta idea viene que a algunos niños se los llame Babatunde, es decir, "el padre vuelve"; Yetunde, "la madre vuelve"».1

Así que el niño que nace en una familia yoruba puede llevar en el nombre al abuelo que se fue. Y antes de llegar se arrodilló en la casa de un alfarero borracho, eligió una cabeza, oyó a un portero decir que estaba sellado, tocó un árbol, y se olvidó.

Qué hacemos nosotros con esto

Los cuatro textos de este tramo hablan de lo que el alma se lleva y de lo que olvida. Anima Mundis no le pregunta a nadie qué eligió antes de nacer, ni le adivina nada: sólo le pregunta cómo está ahora, y lo junta durante diez minutos con otras personas que están igual, sin que nadie sepa quién es nadie. Lo único que se cuenta, en el Observatorio, es cuántas voces llegaron y a qué hora UTC.

Lo que no pude leer

Leí, en inglés, el capítulo sobre religión de The History of the Yorubas de Samuel Johnson (las páginas sobre Orí, Ifá, la vuelta de los padres y el refrán del cielo), el artículo completo de Dasaolu y Obasola, y el capítulo de la tesis de Adekanye sobre la persona (cuerpo, emi, orí, Àjàlá, el portero y la pierna). No leí directamente a Wande Abimbola, ni a Idowu, ni a Makinde, ni a Gbadegesin: los conozco a través de Adekanye, que los cita, y lo digo cada vez. El verso de Ifá que menciono me llega de tercera mano. No leí ningún verso de Ifá en una edición yoruba completa, y la obra que habría sido la fuente natural, Sixteen Great Poems of Ifá de Abimbola (1975), tiene derechos de autor. No escribo los nombres yorubas con todos sus tonos salvo donde mis fuentes lo hacen, y no comparé esto con Ifá tal como se practica hoy en Cuba, Brasil o Benín, que es otra historia.

Fuentes

  1. Samuel Johnson, The History of the Yorubas: From the Earliest Times to the Beginning of the British Protectorate, editado por O. Johnson (Lagos: C.M.S. (Nigeria) Bookshops, 1921), archive.org (dominio público en EE. UU. por su fecha de publicación). Fuente primaria, de un autor yoruba. Leído: el capítulo sobre religión (Olorun y los orishas; Orí; Ifá; la creencia en la vuelta de los padres y el refrán sobre las puertas del cielo), y los prefacios del autor y del editor. Traducción mía. ↩
  2. Babajide Olugbenga Dasaolu y Kehinde Emmanuel Obasola, «A Religio-Philosophical Analysis of Freewill and Determinism in Relation to the Yoruba Perception of Ori», Oguaa Journal of Religion and Human Values 5, núm. 2 (Universidad de Cape Coast, Ghana, diciembre de 2019), acceso abierto. Fuente secundaria, de dos profesores de la Universidad Olabisi Onabanjo (Ago-Iwoye, Nigeria). Leído completo. Traducción mía. ↩
  3. Esther Adekanye, A Critical Analysis of the Yorùbá Conception of a Person, tesis de maestría en filosofía (Åbo Akademi, Finlandia, 2020), acceso abierto. Fuente secundaria, que cita a Abimbola (1970), Idowu (1962), Makinde (1984), Gbadegesin y otros. Leído: el capítulo sobre el concepto de persona (ara, emi, orí, Àjàlá, el Onibode y el ẹsẹ). Traducción mía. ↩
  4. «Ifá», Wikipedia, consultada el 4 de octubre de 2026. Fuente secundaria: los 16 signos principales y los 256 odù, la tradición de que Ifá lo dio Orunmila, y la proclamación de la UNESCO en 2005, incorporada a la Lista Representativa en 2008. Traducción mía. ↩

Cada luz del cielo es alguien que dijo cómo estaba.

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