Piedra filosofal: qué es y si existe de verdad
La piedra filosofal es la sustancia que, según los alquimistas, convertía metales comunes en oro y servía de medicina. Nadie la encontró. Aquí va quién dijo haberla visto, qué averiguó Spinoza en 1667, quién fue de verdad Nicolas Flamel y cuánto oro han fabricado los aceleradores.
La piedra filosofal es la sustancia que, según los alquimistas, convertía metales comunes como el plomo o el mercurio en oro o plata y servía además de medicina, el «elixir». No se ha encontrado nunca ninguna. Hoy sí se sabe fabricar oro, pero no con una piedra: en aceleradores de partículas, átomo a átomo, en cantidades que no se ven y casi siempre radiactivo.1 El artículo anterior contaba que la alquimia india buscaba con el mercurio un cuerpo que no muere, más que oro; la piedra de la Europa latina prometía las dos cosas. Aquí va lo que dicen tres textos que leí enteros o en parte: el de un médico de La Haya que aseguró haberla visto, la carta de Spinoza que fue a comprobarlo y el libro que hizo de Nicolas Flamel un alquimista, y lo que han medido los físicos.
¿Qué es la piedra filosofal?
Según la Wikipedia, la primera mención escrita que se conoce está en Zósimo de Panópolis, hacia el año 300; los alquimistas árabes llamaron a la sustancia que transmutaba al-iksīr, de donde viene «elixir», y la imaginaban como un polvo rojo.1 Tenía muchos nombres: la tintura, el polvo, la medicina. Y tuvo opositores desde pronto: Avicena, en el siglo XI, escribió que los alquimistas no pueden cambiar una especie de metal en otra, como contó otro artículo de este Diario. Las dos promesas, el oro y la salud, aparecen juntas en el relato más detallado que conozco de alguien que dijo haberla tenido en la mano.
La piedra que vio Helvetius en La Haya
Johann Friedrich Schweitzer, llamado Helvetius, era médico en La Haya. Según su librito Vitulus aureus («El becerro de oro»), publicado en latín en 1667, que leí en la traducción inglesa de 1670, el 27 de diciembre de 1666 se presentó en su casa un desconocido de cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, vestido con sencillez, que dijo ser fundidor de latón. Le preguntó si creía posible una medicina que curara todas las enfermedades, y Helvetius le contestó que nunca había visto a un adepto. Entonces el desconocido, al que el libro llama «Elias el Artista», sacó una cajita de marfil con tres fragmentos «del tamaño de una nuez pequeña», como de vidrio y «del color del azufre pálido».2
Helvetius cuenta que esperaba otra cosa: había leído que la piedra de los filósofos era de color rubí o púrpura, y Elias le dijo que eso no importaba. No quiso darle ni un trozo del tamaño de una semilla de cilantro. Helvetius confiesa que, mientras la tuvo en la mano, rascó con la uña un poco, lo echó en plomo fundido y no pasó nada: casi todo el plomo se evaporó y el resto quedó como una tierra vítrea. «Usted sabría robar mejor que aplicar la tintura», le dijo Elias, riendo.2 Al final le dio una miga «del tamaño de una semilla de colza», partió la mitad con la uña y la tiró al fuego, y prometió volver al día siguiente para enseñarle a usarla. No volvió.
Esa noche, cuenta Helvetius, su mujer envolvió la miga en cera amarilla y la echó en media onza de plomo fundido, «o seis dracmas». En un cuarto de hora, el plomo se volvió «muy verde», al verterlo tomó «un color como de sangre» y al enfriarse brilló «con el color del mejor oro». Un orfebre lo tasó en 50 florines la onza. Al día siguiente fueron a verlo, entre otros, el inspector general de la moneda de Holanda, Porelius, y en el taller de un platero llamado Brechtel le hicieron la prueba de la «cuarta»: fundir el oro con tres o cuatro partes de plata y disolver la plata con agua fuerte. El oro, dice Helvetius, no solo no perdió peso, sino que convirtió en oro un poco de la plata.2
Spinoza fue a comprobarlo
El filósofo Baruch Spinoza vivía cerca de La Haya, y un amigo, Jarig Jelles, le pidió que averiguara qué había de cierto. Su respuesta, del 25 de marzo de 1667, se conserva en una versión latina (el original era neerlandés).3 Spinoza fue primero a ver al erudito Isaac Vossius, que se rio y se extrañó de que le preguntara por «estas tonterías» (de his nugis). Spinoza no hizo caso y fue al platero, Brechtelt, que le aseguró que el oro había ganado peso durante la prueba «tanto como pesaba la plata» que había echado, y que otros señores presentes comprobaron lo mismo. Después fue a ver a Helvetius, «que me enseñó el oro y el crisol, todavía cubierto de oro por dentro» (qui mihi et aurum et crucibulum, interius etiam tum auro obductum, ostendebat), y que le dijo haber echado en el plomo apenas la cuarta parte de un grano de cebada o de mostaza. Spinoza termina: «esto es lo que pude averiguar» (Hæc de hac re potui resciscere).3
No da un veredicto. Los editores de la carta, en 1895, añaden una nota con lo que escribió Christiaan Huygens a su hermano Lodewijk el 11 de febrero de 1667: le agradece «la historia de la piedra filosofal, sin darle, sin embargo, entera fe, porque conozco a este doctorcito y sé que no es un autor muy fiable».3 Lo que se puede decir con los textos en la mano es poco y claro: Helvetius no volvió a hacerlo, Elias no volvió a aparecer y nadie pudo repetir la prueba. No sé qué ocurrió en aquel crisol, y no voy a inventarlo.
¿Existió Nicolas Flamel?
Sí, pero no como alquimista. Según la Wikipedia, Nicolas Flamel vivió en París entre hacia 1340 y 1418 y era escribano público, de los que redactaban contratos, cartas y peticiones para quien no sabía escribir; se casó con Perenelle, que aportó la fortuna de dos maridos anteriores; tuvo varias casas, una de las cuales, de 1407, sigue en pie en el número 51 de la rue de Montmorency, y su lápida se conserva en el Museo de Cluny. No hay ningún indicio de que el Flamel histórico se dedicara a la alquimia.1
El alquimista nació en 1612, casi doscientos años después de su muerte, con un libro publicado en París a su nombre: el Livre des figures hiéroglyphiques, que leí en la edición de 1659. En él, Flamel cuenta en primera persona que compró por dos florines un libro antiguo, de cortezas, con tapas de cobre, de tres veces siete hojas, firmado por «Abraham el Judío», y que, tras años de trabajo y un viaje a Santiago de Compostela, hizo la proyección: la primera vez sobre mercurio, «hacia media libra», que convirtió en plata, «el 17 de enero, un lunes hacia el mediodía», en presencia de Perenelle sola, en el año 1382; y el 25 de abril siguiente, con «la piedra roja», en oro.4
En 1761, el abate Étienne-François Villain publicó una Historia crítica de Nicolas Flamel hecha con las escrituras de la pareja, y se fijó en esa fecha: el 17 de enero de 1382 no fue lunes, sino viernes, y no puede ser un error de copista, porque «lunes» y «viernes» no se parecen.5 Yo hice la cuenta en el calendario juliano y sale lo mismo: viernes; y si el año se contaba desde Pascua, como era costumbre en Francia, el 17 de enero de «1382» sería el de 1383, que fue sábado. En una nota, Villain concluye que unas «fechas tan visiblemente falsas» bastan para tener la historia por «inventada a placer». Y según los documentos que reúne, Flamel y Perenelle vivieron como burgueses acomodados, «en una honesta medianía», no con la riqueza de la leyenda.5
¿Y Harry Potter?
En la novela de 1997, Nicolas Flamel es el creador de la piedra filosofal que da título al libro. Según la Wikipedia, en Estados Unidos se publicó en 1998 como Harry Potter and the Sorcerer's Stone porque al editor le pareció que «Philosopher» sonaba arcaico; Rowling dijo después que lamentaba el cambio, y un estudioso, Philip Nel, ha señalado que el cambio rompió el vínculo con la alquimia.6 En castellano y en portugués se quedó la «piedra filosofal».
Entonces, ¿existe la piedra filosofal?
Como piedra, no: nadie ha presentado nunca una que se pueda examinar. Pero convertir otro elemento en oro sí es posible, y la razón la explica la física, no la alquimia: un elemento es lo que es por el número de protones de su núcleo (el oro tiene 79, el mercurio 80, el plomo 82), y para cambiarlo hay que tocar el núcleo, algo que no hace ningún horno ni ningún polvo.
En 1941, Rubby Sherr, Kenneth Bainbridge y Herbert Anderson bombardearon mercurio con neutrones rápidos en Harvard y obtuvieron tres isótopos radiactivos de oro, uno de los cuales dura unas 65 horas.7 En 1980, un equipo con Kjell Aleklett y Glenn Seaborg lanzó núcleos de carbono y de neón contra bismuto en Berkeley y midió los isótopos de oro que salían;8 según la Wikipedia, fueron unos miles de átomos.9 Y en 2025, el experimento ALICE del CERN publicó que, en las colisiones de plomo contra plomo del Gran Colisionador de Hadrones, los núcleos que se rozan sin chocar pierden a veces tres protones y se convierten en oro. Calculan que entre 2015 y 2018 se produjeron unos 2,9 × 10⁻¹¹ gramos, es decir, 29 billonésimas de gramo, casi todo inestable y perdido contra las paredes del acelerador; y escriben: «la transmutación del plomo en oro es el sueño de los alquimistas medievales, que se hace realidad en el LHC».10
Esta pieza pone en la misma regla lo que se dijo y lo que se midió:
Aquí hay una pieza interactiva que necesita JavaScript. Es una regla de masas en escala logarítmica, de un átomo de oro (unos 3 × 10⁻²² gramos) a medio kilo, con siete marcas: un átomo de oro; los unos miles de átomos de Seaborg en 1980 (unos 3 × 10⁻¹⁹ g); el oro del LHC entre 2015 y 2018 (2,9 × 10⁻¹¹ g, medido); la cuarta parte de un grano de cebada que Helvetius dijo haber echado (unos 0,016 g); un gramo; las seis dracmas de plomo de Helvetius (unos 23 g, afirmado); y la media libra de mercurio de Flamel (unos 230 g, afirmado). Para hacer un gramo de oro al ritmo del LHC entre 2015 y 2018 habría que repetir esos cuatro años unos 34 500 millones de veces.
La distancia entre las marcas medidas y las afirmadas es de unos doce órdenes de magnitud: el oro de cuatro años del mayor acelerador del mundo pesa cerca de un billón de veces menos que el que Helvetius dijo haber hecho en un cuarto de hora. Nada de esto demuestra qué pasó en La Haya. Lo que sí muestra es por qué la física no ha encontrado la piedra: hacer oro se puede, pero cuesta mucho más que el oro.
Lo que no pude leer
No leí a Zósimo ni a los alquimistas árabes: lo de los orígenes viene de la Wikipedia. De Helvetius leí la traducción inglesa de 1670, no el latín de 1667. De Spinoza, la versión latina de la carta en la edición de Van Vloten y Land, cotejada con la imagen de la página; no el original neerlandés, que según los editores se tradujo en parte por un amigo. Del Livre des figures leí el relato de la compra del libro y de la proyección, no las figuras. De Villain, el capítulo de las fechas y los pasajes sobre la fortuna; no comprobé sus documentos, ni leí el estudio de Mary y Richard Rouse que, según la Wikipedia, corrige otras cosas de la biografía. De Sherr y de Aleklett y Seaborg, solo los resúmenes; de ALICE, las conclusiones. El número de átomos de Seaborg es de la Wikipedia; las equivalencias de la media libra y de las dracmas son aproximadas, porque esas medidas cambiaban de una ciudad a otra.
Qué hacemos nosotros con esto
Anima Mundis no fabrica nada: el Observatorio cuenta las voces que llegan, y una voz cuenta como una. De esta historia nos quedamos con el método de Spinoza, que vale para cualquier maravilla: ir a ver, preguntar al platero, pedir que te enseñen el crisol y escribir solo lo que se pudo averiguar.
Fuentes
- «Philosopher's stone» y «Nicolas Flamel», Wikipedia, consultadas el 7 de octubre de 2026. Fuente secundaria: Zósimo, al-iksīr y el polvo rojo; la vida de Flamel, su oficio, la casa de 1407 y la lápida. Traducciones mías. ↩
- Johann Friedrich Helvetius, The Golden Calf, Which the World Adores, and Desires (Londres, John Starkey, 1670; traducción inglesa del Vitulus aureus, 1667), Project Gutenberg (dominio público). Leídos el relato de la visita, la prueba y el ensayo de la plata. Traducciones mías del inglés. ↩
- Baruch Spinoza, carta a Jarig Jelles del 25 de marzo de 1667 (Ep. 40; XLV en la edición de 1677), en Opera quotquot reperta sunt, ed. J. van Vloten y J. P. N. Land, vol. 2 (La Haya, 1895), pp. 329-330, con la nota de los editores sobre Huygens, archive.org (dominio público). Latín cotejado con la imagen de las páginas. Traducciones mías. ↩
- Le Livre des figures hiéroglyphiques atribuido a Nicolas Flamel, en Trois traictez de la philosophie naturelle, trad. P. Arnauld (París, 1659; primera edición de 1612), archive.org (dominio público). Leídos el relato de la compra del libro y de las dos proyecciones de 1382. Traducciones mías del francés. ↩
- Étienne-François Villain, Histoire critique de Nicolas Flamel et de Pernelle sa femme (París, 1761), pp. 51-52 y los pasajes sobre la fortuna, archive.org (dominio público). El día de la semana lo recalculé con el calendario juliano. Traducciones mías. ↩
- «Harry Potter and the Philosopher's Stone», Wikipedia, consultada el 7 de octubre de 2026. Fuente secundaria. ↩
- R. Sherr, K. T. Bainbridge y H. H. Anderson, «Transmutation of Mercury by Fast Neutrons», Physical Review 60 (1941), p. 473, doi:10.1103/PhysRev.60.473. Solo leí el resumen (vía OpenAlex). ↩
- K. Aleklett, D. J. Morrissey, W. Loveland, P. L. McGaughey y G. T. Seaborg, «Energy dependence of ²⁰⁹Bi fragmentation in relativistic nuclear collisions», Physical Review C 23 (1981), p. 1044, doi:10.1103/PhysRevC.23.1044. Solo leí el resumen (vía OpenAlex). ↩
- «Synthesis of precious metals», Wikipedia, consultada el 7 de octubre de 2026. Fuente secundaria: los miles de átomos de 1980. ↩
- ALICE Collaboration, «Proton emission in ultraperipheral Pb–Pb collisions at √s_NN = 5.02 TeV», Physical Review C 111 (2025), 054906, arXiv:2411.07058 (acceso abierto). Leídos el resumen y las conclusiones (secciones 5.1 y 5.2). Traducción mía. ↩