Avicena contra los alquimistas: el párrafo «de Aristóteles»

Ibn Sina (Avicena) escribió hacia 1021–1023 que los alquimistas pueden imitar pero no cambiar una especie de metal en otra. Aquí va ese párrafo frase a frase, en árabe, en el latín medieval y en inglés: en árabe es más cauto, y la Edad Media latina lo leyó como si fuera de Aristóteles.

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Tras la alquimia árabe y su Tabla Esmeralda, este artículo se queda en el mundo árabe-persa con alguien que dijo lo contrario de lo que suele contarse: Ibn Sina, Avicena. En su Shifāʾ hay un párrafo según el cual los alquimistas no pueden cambiar una especie de metal en otra. Según los editores de 1927, es el pasaje que empieza «Sciant artifices alchimiae» y se citó «innumerables veces» en la literatura alquímica medieval.2 Lo leí en tres lenguas: el árabe impreso en la edición crítica de E. J. Holmyard y D. C. Mandeville (1927), el latín medieval de esa misma edición y el inglés de los editores. Los comparé frase a frase, y no dicen lo mismo. Lo que no leí, lo digo al final.

Quién fue

Según la Wikipedia en inglés, Ibn Sina vivió de hacia 980 al 22 de junio de 1037. Nació en Afshana, cerca de Bujará, en una familia persa, y escribió casi todo en árabe y algunas obras clave en persa. De unas 450 obras que se le atribuyen, se conservan unas 240.1 La más famosa en medicina es el Canon; la que aquí importa es el Shifāʾ («La curación»), una enciclopedia filosófica y científica que, dice la Wikipedia, pretende «curar» la ignorancia del alma.1

La sección sobre los minerales es del libro V de la Física del Shifāʾ. Las fechas no coinciden del todo: la Wikipedia da el libro por empezado en 1014 y terminado hacia 1020, y Holmyard y Mandeville, citando a un biógrafo medieval, sitúan los capítulos de física después de la muerte del príncipe Shams al-Dawla (1021) y antes de que Ibn Sina se fuera a Isfahán (hacia 1023).12

El párrafo, en cuatro versiones

El texto viene en la edición de Holmyard y Mandeville, que trae el árabe, el latín medieval y una traducción al inglés. Los editores dicen que el latín lo tradujo del árabe Alfredo de Sareshel hacia el año 1200 y que se añadió al cuarto libro de la Meteorología de Aristóteles, en tres capítulos.2 Transcribí, leyendo las páginas impresas, el árabe, el latín y el inglés, y traduje el árabe. La pieza los pone en paralelo, frase a frase.

Aquí hay una pieza interactiva que necesita JavaScript. Muestra, en nueve pasos, el párrafo de Ibn Sina contra los alquimistas: el árabe de la edición impresa de Holmyard y Mandeville (1927), el latín medieval, el inglés de los editores y mi traducción del árabe, con una nota sobre lo que cambia. El primer paso dice, en mi traducción: «En cuanto a lo que pretenden los alquimistas, hay que saber que no está en sus manos cambiar las especies con un cambio verdadero».

Lo que cambia de una versión a otra

El grado. El árabe no dice «imposible». La frase clave es: «que la diferencia específica se quite o se imponga, no me ha resultado evidente su posibilidad; más bien me parece lejana su admisibilidad». La palabra es baʿīd, «lejano». El inglés de los editores traduce «lo considero imposible»; el latín, «no creo posible». Es lectura de lector: no soy arabista.

El engaño perfecto. El árabe dice: «no excluyo que la exactitud llegue a un punto en que el asunto pase inadvertido a los más avisados». El latín no tiene esa frase. Ibn Sina admite que la imitación puede ser tan buena que engañe a un experto, y aun así dice que es imitación.

El argumento del saber. Es la parte de más fondo. Las cualidades que se perciben con los sentidos, dice, probablemente no son las diferencias que hacen que un metal sea de una especie o de otra, sino accidentes y consecuencias; esas diferencias son desconocidas, «y si algo es desconocido, ¿cómo se puede proponer producirlo o suprimirlo?». No se puede fabricar ni destruir lo que no se sabe qué es. El latín lo cambia por otra pregunta: cómo se sabría si se ha quitado o no.

La puerta que deja abierta. Justo después, el árabe dice que quitar o poner los tintes, los olores y los pesos «es algo que no debemos empeñarnos en negar solo porque no lo sabemos: no hay ninguna prueba de que sea imposible». Ibn Sina no niega la alquimia en bloque. Niega que se sepa cambiar la especie, y no prohíbe cambiar los accidentes. En el aparato de los editores hay un manuscrito latino que dice aquí «no es posible» y en el que alguien añadió «im-» entre líneas: «no es imposible».

Lo que el latín añade y lo que quita. El latín añade «a menos que se reduzcan a la materia prima», que según los editores el árabe no dice. Y quita la última frase: «Tengo mucho que decir sobre esto, y lo diría si quisiera; pero su provecho es poco y aquí no hace falta». Los editores creen que el latín la omitió porque su sarcasmo «no era digerible»; es su hipótesis.2

Desde qué mineralogía lo dice

Ibn Sina no rechaza la teoría con que trabajaban los alquimistas: la que hace los metales de mercurio y azufre. En el mismo texto, el mercurio puro solidificado por un azufre blanco y puro da plata; con un azufre mejor y más blanco, oro; con un mercurio bueno y un azufre impuro y combustible, cobre; con un mercurio corrupto y terroso y un azufre impuro, hierro. Del estaño dice que su mercurio es bueno y su azufre corrupto, y de ahí su «grito»; del plomo, que sale de un mercurio impuro, pesado y arcilloso y de un azufre impuro, fétido y débil.2

Es la misma teoría, con reglas parecidas, que vimos en el Marifetname, y según la Wikipedia Ibn Sina la tomó de Aristóteles y de Jabir.1 Lo que añade es una conclusión: los alquimistas, dice, logran solidificaciones cuyas cualidades se parecen a las naturales pero no son idénticas (los editores avisan de que esa frase es difícil de traducir), y su arte «se queda corto respecto de la naturaleza» y, «por mucho que se esfuerce, no puede alcanzarla».2

De quién era el párrafo

Aquí la historia se vuelve curiosa. Según los editores, el latín circuló en los manuscritos añadido a la Meteorología de Aristóteles, y por eso muchos lo leyeron como de Aristóteles. Alberto Magno sabía que venía de Avicena. Roger Bacon, hacia 1266, pide que callen «los necios» que abusan de esa autoridad diciendo que «Sciant artifices…» es palabra de Aristóteles, cuando todo lo que sigue a «Terra pura lapis non fit» es un añadido de Alfredo. Hacia 1330, Bono de Ferrara escribe que Aristóteles «niega expresamente la alquimia», aunque «algunos dicen que esas palabras fueron de Avicena, que las añadió, cosa que no creemos». Y los manuscritos que editan Holmyard y Mandeville cierran de dos modos: «Aquí termina el libro de los minerales de Aristóteles» o «Aquí termina el capítulo de los minerales de Avicena».23

En el mundo musulmán, según los editores, esas ideas se atribuyen a Ibn Sina de forma unánime. Ibn Jaldún cuenta que Ibn Sina sostenía que los metales son especies distintas y por eso no se pueden cambiar unos en otros, mientras que al-Farabi, que los tenía por una sola especie, creía posible la alquimia. Al-Jildaki y Hajji Khalifa atribuyen a Ibn Sina la negación en el Shifāʾ, y un visir, al-Tughra'i, escribió un libro entero para refutar esas opiniones.3

Y hay una paradoja. En la Edad Media circularon en latín, con el nombre de Avicena, varios textos de alquimia. La Wikipedia recoge cuatro. Anawati, siguiendo a Ruska, dice que el De anima in arte alchemiae, el más influyente, es una falsificación de un autor español, y que la Declaratio tampoco es suya; la Epistola de re recta es menos escéptica, y Anawati la cree de Ibn Sina, pero de antes de decidirse.1 Los editores de 1927 explican por qué esa autoría se discutió: a los lectores medievales les habría parecido increíble que quien negó la transmutación en los Mineralia hubiera escrito otros libros que aceptan la alquimia y describen la piedra filosofal «con detalle circunstanciado».2 Añaden una hipótesis: que Ibn Sina se decidió tarde y que antes pudo escribir a favor.

Un pájaro que viene de antes

Ibn Sina escribió también un Tratado del pájaro (Risālat al-ṭayr), en lenguaje simbólico. Según la Wikipedia en persa, Suhrawardi escribió en persa su propio tratado del pájaro como continuación del de Ibn Sina, y usó el lenguaje de los pájaros que ya habían usado Ibn Sina, Attar y Ahmad Ghazali.4 Es, por tanto, un antecesor del poema de los pájaros de Attar. No leí el original árabe, pero sí la traducción persa de Suhrawardi, que se cuenta en el artículo sobre Suhrawardi.

Lo que no pude leer

Leí el párrafo en las páginas impresas (árabe, latín, inglés), pero no en un manuscrito, y no soy arabista: mi lectura del árabe es la de un lector, con una palabra dudosa en la frase 8, y el resto de la sección sobre los minerales solo la leí en inglés. No leí el Shifāʾ entero ni la edición árabe moderna. Lo que cuento de Alberto Magno, Roger Bacon, Bono de Ferrara, Ibn Jaldún, al-Jildaki, Hajji Khalifa y al-Tughra'i es de segunda mano, a través de la introducción de Holmyard y Mandeville, y no leí a ninguno. El Tratado del pájaro solo lo leí en la versión persa de Suhrawardi, y los textos de alquimia que se le atribuyen, no. Y las fechas de Ibn Sina vienen de la Wikipedia.

Qué hacemos nosotros con esto

De este párrafo nos sirven dos frases. Una: «si algo es desconocido, ¿cómo se puede proponer producirlo o suprimirlo?». Es la cautela con que el artículo sobre medir el alma del mundo mira el intento de medir algo que nadie sabe definir. La otra: no hay que empeñarse en negar algo solo porque no se sabe. Anima Mundis hace las dos cosas a la vez: no mide el alma del mundo ni dice que no exista. Lo que el Observatorio cuenta son las voces que llegaron y a qué hora UTC, y nada más.

Fuentes

  1. «Avicenna», Wikipedia, consultada el 21 de septiembre de 2026. Fuente secundaria: fechas, obras, el Shifāʾ, la cita sobre la transmutación y los cuatro textos alquímicos latinos atribuidos, con lo que dicen Anawati y Ruska. Traducciones mías. ↩
  2. E. J. Holmyard y D. C. Mandeville, Avicennae de congelatione et conglutinatione lapidum (París: Geuthner, 1927), archive.org (dominio público). Fuente primaria, con edición crítica. Leí en las imágenes de las páginas impresas la traducción inglesa (pp. 38–42), el latín (pp. 54–55) y el árabe (pp. 85–86), y transcribí las frases que cito. De la introducción (pp. 1–11) usé el texto de reconocimiento óptico del mismo libro, y todo lo que dice de otros autores es de segunda mano. Las traducciones al castellano son mías; la del árabe, de lector. ↩
  3. Ibid., introducción, pp. 3–8: la cita de Ibn Jaldún (traducción francesa de de Slane), las de al-Jildaki y de Hajji Khalifa, la de Bono de Ferrara (Margarita pretiosa novella, 1330), la de Roger Bacon (Communia naturalium, hacia 1266) y la noticia sobre al-Tughra'i. Segunda mano. ↩
  4. «رسالة الطیر», Wikipedia en persa, consultada el 21 de septiembre de 2026. Leída en persa: la introducción, sobre el Tratado del pájaro de Suhrawardi. Fuente secundaria. Traducción mía. ↩

Cada luz del cielo es alguien que dijo cómo estaba.

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